Cuando tenía 14 años, Sofía Prado escribió una lista titulada “You only live once” en la que enumeró 154 sueños viajeros que parecían inalcanzables. Hoy, a los 33, esa lista funciona como una hoja de ruta cumplida: Sofía recorrió 112 países y se convirtió en una fotógrafa documental y viajera incansable. “Siempre supe que quería explorar el mundo”, recuerda, y atribuye ese impulso a las horas de adolescencia frente a National Geographic, mientras otros miraban MTV.
Nacida y criada en Avellaneda, estudió Publicidad y dirección de arte, pero pronto viró hacia la fotografía documental con un objetivo claro: recorrer el planeta. Su primer gran salto llegó a los 20 años, con viajes a México y Sudáfrica, donde comenzó a retratar personas y culturas. “En ese viaje se despertó mi parte artística”, cuenta. Tras años de insistencia, en 2017 logró que oficinas de turismo confiaran en su proyecto y empezó una seguidilla de travesías que marcaron su vida nómada.

Desde entonces documentó celebraciones, rituales y realidades extremas. En Manila, Filipinas, visitó un cementerio donde viven entre seis mil y diez mil personas. “Es una de las realidades más crudas que vi”, afirmó sobre un lugar donde las familias habitan mausoleos sin servicios básicos. En la Siberia profunda convivió con los nenets, a –30 °C, aprendiendo a desmontar campamentos y a valorar lo esencial: “Ahí caí en la cuenta de lo que damos por sentado: el agua, la calefacción…”.
También hubo momentos de tensión, como cuando fue perseguida por un helicóptero cerca del Área 51, en Estados Unidos. “Fue la primera vez que tuve miedo de verdad”, admite. En contraste, otras experiencias cumplieron sueños adolescentes, como convivir con los mundari en Sudán del Sur, cuya cultura gira alrededor del ganado, o navegar dos meses en una fragata rumbo a la Antártida y Tristán de Acuña, la isla habitada más remota del mundo.
Casada con Daniel, a quien conoció viajando, Sofía hace hoy un balance crítico de la vida nómada, marcada por la incomodidad, la falta de rutinas y el desafío constante. Entre los destinos que más la impactaron negativamente menciona Bangladesh, donde el desarmadero de barcos de Chittagong la dejó “psicológicamente destruida”. Sin embargo, su mirada final es optimista y vuelve al origen: “Después de haber conocido todo lo que conocí, puedo decir que Argentina es uno de los mejores países del planeta”. Su próximo desafío será cazar tornados y avanzar en un libro que reúna, en imágenes y relatos, una vida dedicada a explorar el mundo.
Con información de Infobae
