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Entre volcanes y mitos: la travesía hacia Los Bolillos

En el norte neuquino, un paisaje de otro planeta combina geología, historia y relatos que aún resuenan entre el viento y la piedra.

Foto: Neuquén Informa

En el remoto norte de la provincia de Neuquén, el pequeño poblado de Varvarco funciona como puerta de entrada a uno de los paisajes más sorprendentes de la Patagonia: Los Bolillos. Allí, donde confluyen el río Neuquén y el Varvarco, comienza una experiencia que combina naturaleza, historia y una atmósfera difícil de nombrar.

El viaje inicia con una escena hipnótica: dos ríos que avanzan juntos sin mezclarse del todo, como si conservaran su identidad antes de fundirse. Ese contraste, visible desde la hostería local, anticipa lo que vendrá. A pocos kilómetros, por la Ruta Provincial 43, el paisaje se transforma en una geografía de estepa, viento y montañas bajas que parecen guardar secretos.

Foto: Neuquén Informa

Los Bolillos emergen de pronto como un conjunto de formaciones volcánicas moldeadas durante miles de años. Columnas, agujas y figuras caprichosas se elevan hasta 15 metros de altura, cambiando de color según la luz: ocres al mediodía, rojizos al atardecer, tonos oscuros cuando el cielo se cubre. Caminar entre ellas produce una sensación casi irreal, como si el visitante ingresara en un territorio detenido en el tiempo.

Pero el atractivo del lugar no es solo geológico. Los Bolillos también son un espacio cargado de memoria. Entre sus piedras sobreviven relatos de pueblos originarios, cautivas, epidemias y la presencia de los hermanos Pincheira, quienes habrían utilizado la llamada Casa de Piedra como refugio en el siglo XIX. Estas historias, transmitidas de generación en generación, construyen una identidad marcada por la mezcla de culturas, la supervivencia y los vínculos forjados en condiciones extremas.

Uno de los puntos más simbólicos es el llamado Portal del Amor, un arco natural de piedra asociado a una leyenda: quienes lo atraviesan en pareja aseguran la eternidad de su vínculo, mientras que los solitarios podrían encontrar allí su destino amoroso. Más allá de la creencia, el lugar invita a detenerse y contemplar.

Foto: Diario de Río Negro

La experiencia se completa al descender entre las formaciones, donde el silencio y el viento dominan la escena. Allí también aparece el llamado Cementerio de la Peste, un rincón oculto que recuerda una antigua epidemia y suma una capa más de misterio al paisaje.

Para quienes parten desde Bahía Blanca, el viaje hasta Varvarco implica recorrer aproximadamente 1.000 kilómetros, atravesando la provincia de Río Negro y gran parte de Neuquén. La ruta más habitual combina tramos de asfalto por la Ruta Nacional 22 y la Ruta Nacional 40, con el último tramo por la Ruta Provincial 43. Se recomienda hacerlo en vehículo propio o alquilado, idealmente en dos jornadas, ya que los caminos finales incluyen sectores de ripio y exigen conducir con precaución. El recorrido, sin embargo, es parte de la experiencia: un tránsito progresivo desde la llanura hacia un paisaje cada vez más salvaje y fascinante.

Con información de Diario de Río Negro

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